Roma, de Alfonso Cuarón

Tuve la fortuna de que Cinematógrafo me invitara al preestreno de Roma (2018). Al igual que todos, estaba emocionado por ver el nuevo trabajo de Alfonso Cuarón. Ésta es una cinta muy personal que retrata un periodo de su infancia y sirve como homenaje para dos mujeres especiales: su madre, Cristina Orozco, y Liboria Rodríguez “Libo”, para quien está dedicada Roma.

Al concluir, mientras los créditos aparecían en pantalla y las luces lentamente se encendían, anhelaba que no terminara. Tenía la esperanza de que Cuarón me obsequiara algo que me ayudara a asimilar todo lo que había presenciado; una sorpresa final o un secreto escondido en las conversaciones que iban desvaneciéndose con el ruido ambiental de la Ciudad de México. No era el único. También me percaté del silencio que prevaleció en la sala. Nadie parecía dispuesto a levantarse de sus asientos o entablar conversación con sus acompañantes.

La historia de Roma se centra en la vida de Cleo (Yalitza Aparicio), personaje basado en Libo, asidua trabajadora del hogar de la familia integrada por la señora Sofía (Marina de Tavira), su esposo Antonio (Fernando Grediaga), sus cuatro hijos y la abuela Teresa (Verónica García). Las desventuras de los protagonistas ocurren a comienzos de los setentas en la colonia Roma de la Ciudad de México y sus alrededores, con breves vistazos a San Cosme, la Doctores y la periferia de la ciudad.

Roma

Cleo es la imagen de un sinnúmero de mujeres que abandonan sus lazos familiares y lugar de origen para dedicar su vida a familias ajenas. Tras bambalinas, diligentes y afectuosas, cuidan todas sus necesidades -incluso aquellas a las que no están obligadas- sin recibir el suficiente reconocimiento.

Cleo aprovecha cada instante libre. Cuando la casa está vacía, disfruta de la compañía de Adela (Nancy García), cocinera de la familia. Suelen conversar en mixteco; idioma «secreto» que les permite mantener distancia y defender su privacidad de los muchos oídos en casa. También pasean juntas por el Centro Histórico o la Alameda, cuando echan el novio con los primos Pepe (Marco Graf) y Fermín (Jorge Antonio Guerrero).

Sin embargo, todo cambia con un par de sucesos que se convierten en puntos de inflexión que rompen el orden de las cosas. En ese momento, Cleo descubre que personas especiales para ella no la apoyarán. Sin saberlo, las cosas tampoco marchan bien para Sofía. Ambas necesitarán del apoyo y respaldo de la otra para superar la crisis, fortaleciendo lazos que las unen.

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La cinta está cargada de momentos memorables que harán recordar la juventud a varios espectadores. Algunos tan sencillos como Sofía contando calles en silencio mientras intenta recordar la ruta al Hospital General -esas épocas en las que, más allá de la Guía Roji, no había asistencia para navegar por la ciudad-; los niños jugando a “las pistolas” bajo la regla implícita de que el mayor siempre ganaría; o los gritos coléricos e inesperadas maldiciones de Teresa ante una pelea de los niños -cuando las abuelas dicen groserías uno sabe que la cosa es seria-.

Todo el elenco hace un buen trabajo. No obstante, mi ovación es para Yalitza Aparicio. Aún teniendo que abandonar su hogar y formación como pedagoga en Oaxaca, su primera preocupación fue que la oferta no fuera una pantalla de algún delito. Es una fortuna que Cuarón la haya encontrado. Consigue un personaje integral con distintas dimensiones de complejidad: la naturalidad de sus movimientos y facciones sugieren que estamos observando un documental y no un trabajo de ficción.

La experiencia fílmica de Roma también se debe al cuidado de la producción y de la dirección de arte. La cinta se filmó en blanco y negro, decisión correcta para retratar un pasado anecdótico. La ausencia de música de fondo también contribuye al tono documental de la película. Además, a petición expresa de Cuarón, todo lo que se presentara debía ser una reconstrucción fiel de su infancia -y no históricamente fidedigna-. Las escenas interiores se grabaron en una recreación de su hogar basado en las fotografías familiares. Los exteriores, una reconstrucción en gigantescos sets de las colonias en las que creció.

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La impresionante presentación de la zona metropolitana a inicios de los setenta también sirve para dar contexto del país de entonces. Desde las pequeñas pero constantes referencias a las elecciones de 1970, hasta la matanza del Jueves de Corpus (“El Halconazo”). Y, desde luego, el contraste que prevalece hasta nuestros días entre las distintas regiones del área metropolitana. Cuarón no quería restringirle al espectador la realidad más allá de la zona de Insurgentes.

Por lo tanto, desde la perspectiva de Cleo, el director se adentra a ese plano frecuentemente desapercibido. En una ocasión, Cleo visita Nezahualcóyotl, municipio de asentamientos irregulares, desagües al aire libre y calles inundadas y sin pavimentar. De no ser por las constantes referencias al partido oficial y curiosos mensajes proselitistas que exaltan al normalista Carlos Hank González y al presidente Luis Echeverría, daría la impresión de que el Estado está ausente.

La naturalidad y franqueza con la que se narra la historia repercutirá de distintas maneras a los espectadores. Esta combinación trasciende la pantalla y es imposible no relacionar lo que ocurre en la película con vivencias personales. Esta cualidad fílmica convierte a Roma en una experiencia íntima para el espectador.

El tiempo suele definir a las obras maestras. No tengo duda que ese juicio será favorable para Roma. La relación entre las familias mexicanas y sus trabajadoras del hogar es singular. ¿Cómo explicar esa particular relación que trasciende el plano laboral? Ese afecto que gradualmente se construye entre ambas partes e inevitablemente las convierte en un miembro incuestionable de la familia para la que también trabaja. Alfonso Cuarón consigue retratar la complejidad de esta relación, utilizando para ello un lenguaje fílmico impecable, realista y humano.

Es también un homenaje al país y a la Ciudad de México de entonces; a los elementos cotidianos como el sonido del vendedor de camotes o del afilador de cuchillos, o los puestos ambulantes al salir del cine que venden dulces y juguetes de todo tipo, que someten a poderes mágicos a propios y extraños. Si es que alguna vez hubo temor a que desapareciesen estos destellos de magia, Roma es testimonio de que, a pesar de todo, no lo harán: vivirán en nuestros corazones o, al menos, en la pantalla grande.

Año: 2018

Dirección: Alfonso Cuarón

Guión: Alfonso Cuarón

Fotografía: Alfonso Cuarón

Elenco: Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Fernando Grediaga y Jorge Antonio Guerrero

Productora y distribuidora: Netflix, Participan Media, Esperanto Films

Escrito por: Luis Osnaya

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