THE LAST JEDI

FRACASO Y ESPERANZA GENERACIONAL

The Last Jedi (Rian Johnson, 2017) abre justo donde terminó la anterior. Una Resistencia disminuida bajo el liderazgo de la princesa Leia Organa (Carrie Fisher) huye de la base rebelde mientras una fortalecida Primera Orden, escisión del antiguo Imperio, destruye las pocas naves y tripulación que quedan. A la desesperanza se suma la caída en desgracia del maestro Jedi Luke Skywalker (Mark Hamill), retirado voluntariamente en las islas de Ahch-To donde se encuentra el primer templo Jedi.

De entrada, debe decirse que Johnson cuenta con una inteligencia y talento cinematográfico notable. Miraría una y otra vez los vivos colores en rojo de la cámara del trono de Snoke (Andy Serkis) y la exquisita coreografía del duelo posterior; o el enfrentamiento en el atardecer del desierto de Crait entre Kylo Ren (Adam Driver) y Luke; el ingreso al casino de Canto Bight con la toma en grúa en honor a Wings (William A. Wellman, 1927); o aquella misteriosa e inspiradora escena en la que Rey (Daisy Ridley) se escabulle de Luke y entra a una cueva de Ahch-To —aparentemente poseída por el lado oscuro de la Fuerza— en busca de su identidad y la de sus padres.

Ahí, se encuentra frente a una cortina a manera de espejo y ve su reflejo multiplicándose, moviéndose como ella, y después en secuencia, mientras chasquea sus dedos y se oye el eco de su voz; y se percata no hay nadie más que ella. Su búsqueda ha terminado. Son imágenes que no se olvidan fácilmente.

 

Más allá de estas consideraciones cinematográficas, el regreso de personajes memorables para los seguidores de Star Wars —y el abandono de la solemnidad con toques de humor— se complementa con uno de los elementos más polémicos para los fans: el retrato de un Luke depresivo y descuidado, que brinda la mejor actuación de Hamill en esta historia galáctica. La breve reflexión sobre el fracaso es tal vez el elemento más interesante de la película y va bien con la vía que eligieron desde la anterior.

A fin de cuentas, nuestros héroes de antaño frustraron su intento por restaurar la República y progresar en sus respectivas vidas, tanto Leia en el Senado —donde buscó convencer sin éxito a sus pares de las amenazas de la Primera Orden—, como Luke con su tímida, tardía y endeble construcción de una escuela para la nueva orden Jedi —esfuerzo que finalmente culminó con la destrucción del nuevo templo a manos de su sobrino—; y hasta Han Solo (Harrison Ford) como padre distante e incapaz de abandonar su vida como contrabandista. 

Con esto como referencia, la enseñanza sobre la pérdida y el fracaso cobra un nuevo sentido a través de las sabias palabras de Yoda (Frank Oz), y otorgan a su vez propósito al final de la película con una nueva esperanza. Esta vez no está en un caballero Jedi, sino en una nueva generación que buscará restaurar una vez por todas la antigua República y quizá de paso también la visión de George Lucas —aquella que no se ha perdido del todo. Así, aunque padece de un intermedio lento, dedica una larga oda a la guerra, deja historias sin concluir en el tintero y presenta nuevos personajes con poco desarrollo o interés, The Last Jedi de Johnson deja la historia de Star Wars encaminada, para que la familia Skywalker obtenga el desenlace que merece.

por Jorge Zendejas

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